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Ana María Valeri // Pertenencia

Al contrario de lo que generalmente nos ocurría, regresamos del exterior y experimentamos la extraña sensación de no querer volver al país. Por momentos sentimos que el cuerpo nos es ajeno y una parte de nosotros desea seguir en aquel lugar. Donde los servicios públicos funcionan. Donde el metro y los autobuses tienen un horario que cumplen casi con exactitud. Donde el correo sirve para enviar encomiendas con garantía de servicio y donde la municipalidad arregla las aceras para acondicionarlas al paso de sillas de ruedas a la vez que coloca adoquines distintos para la vía de los invidentes.

Otra parte nuestra desea quedarse aquí. Ir a las playas del litoral central que tenemos solo a cuarenta minutos de casa, comprar el periódico en el quiosco de siempre y charlar con el carnicero que nos prepara la carne justo como nos gusta. Saludar a los vecinos de la zona que caminan a la misma hora que nosotros en las mañanas, hacer las hallacas y planificar los días de diciembre que estaremos en Margarita. Pero esa porción criolla que permanece se encuentra con una verdad tan distinta de lo deseado, tan enfrentada consigo misma, que a ratos nos preguntamos si estamos viviendo así, como vivimos, con la mediocridad como invitada permanente, porque somos capaces de acostumbrarnos a todo.

El desdoblarse entre varios países nos trae un conflicto de identidad. Más cuando lo que visitamos es el desarrollo, la tecnología, la educación ciudadana y el compromiso de los estados de proporcionar bienestar a su población. La lista de coincidencias entre lo que queremos y lo que es, dentro de los países con altos índices de desarrollo, nos lanza hacia la identificación con la lejanía de otras latitudes. Y con lo posible, lo materializable y materializado en la realidad. No sin dificultades, pero esta vez, como evadiendo lo jamás consumado en nuestra particularidad tropical, no nos detenemos en el costo, sino en los resultados.
Sin duda el precio a pagar por conocer el progreso es altísimo. Tanto como la autocrítica de pertenecer a un país cuyas bases creímos infracturables y hoy son una grieta que se profundiza a diario. Recorrer el adelanto, la evolución, chocan. Duro, durísimo. Como nuestra tristeza al ver morir lo que hemos querido con todo el corazón a pesar de sus imperfecciones.

Lo escrito descubre la espina de la inconformidad, la astilla de las exigencias, el aguijón de las promesas jamás cumplidas por los gobernantes. La ventana nos abofetea con un paisaje lleno de basura en la calle principal de la urbanización donde vivimos. Nos baña la sequía. Nos deslumbra la oscuridad del futuro que pensamos una exageración de los pesimistas y que se presentó teñido de sangre. Nos acercamos al continente abandonado. Por la violencia, por la indolencia, por la desidia.

Desechas las maletas queremos hacerlas de nuevo. Meter los afectos, los recuerdos, la bandera y la vida. No cabe tanto y queremos irnos. Echarnos a suerte. Ansiamos respirar calidad de vida, ejercitar el desarrollo, hacernos un destino próspero.

Volvemos a nosotros mismos y encontramos un pasaporte marcado por las obras de un José Antonio Abreu y un Gustavo Dudamel. Repleto de sellos de escritores, investigadores, deportistas, empresarios. Con paisajes de misses, premios de literatura, de periodismo, de ciencias, de arte. La cédula nos desafía y nos señala que sí se puede. Guardamos las maletas y sentimos que no pertenecemos a lo remoto sino a la nostalgia de lo que queremos ser y no somos.

anamariavaleri@gmail.com


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