CARACAS, viernes 03 de julio, 2009 | Actualizado hace
Aunque los "peros" sean numerosos, lo de Honduras fue un indiscutible golpe de Estado. Se entiende, sin embargo, que las autoridades provisionales de ese país intenten presentarlo de otra manera. El propio Chávez se ha negado a aceptar que el suyo también lo fue. Es una ironía que el Presidente venezolano y el señor Micheletti -tan distantes como lucen- coincidan en sus respectivas justificaciones. Pero las similitudes saltan a la vista: la intervención militar en el conflicto creado por Zelaya no es diferente a la que Venezuela enfrenta desde que el comandante bolivariano apareció en la política nacional y, muy especialmente, desde que ascendió al poder en diciembre de 1998. Nadie puede negar que las Fuerzas Armadas de Venezuela desempeñan un rol estelar en nuestro tormentoso "proceso revolucionario". "Las olivas" forman parte del ecosistema que Chávez le ha dado al país, a partir de su grandilocuente teoría alrededor de la necesaria participación de los militares en la política y en el desarrollo de "su" modelo de "desarrollo"...
Cuando el jefe del Estado presume de su "revolución armada" admite la amenaza que los militares representan para cualquier sociedad. El hecho de que las armas ya no pertenezcan a "la República" -sino a su proyecto personal de poder- le añade toneladas de cinismo a la postura de Chávez ante el caso hondureño, en el cual se ha dado la particular circunstancia de exponer a una institución castrense distanciada del "presidencialismo" de nuestras naciones, y dispuesta a reivindicar a las otras voces del mando civil, constituido, también y aunque suela omitirse, por las demás instituciones y poderes del Estado. Visto así, la crisis hondureña ha servido para desnudar la hipocresía del discurso de Chávez en torno al rol político de los militares. A diferencia de los uniformados venezolanos, los de Honduras le arrebataron a Zelaya la posibilidad de secuestrar las armas de la República para beneficio propio, haciendo uso de su condición de comandante en jefe.
Esta arista del conflicto vuelve a visibilizar las graves relativizaciones que se han impuesto de nuevo, a causa de luchas ideológicas. La intervención en política de las fuerzas armadas hondureñas y de sus homólogas venezolanas relata en realidad las precariedades y limitaciones de la política y de quienes la ejercen como profesión, incluyendo, desde luego, al hiperlíder, tan proclive a fanfarronear sobre la potencia coercitiva de sus tanques y fusiles. El relato del desalojo de Zelaya de la casa presidencial no es distinto a la imagen de los gorilas uniformados que cercan las protestas de quienes disiente de la revolución bolivariana. Si hablamos de golpes, la única diferencia es que el caso de Honduras tiene su origen en la "objeción de conciencia" ejercida por los verdes de allá, en un procedimiento que describe perfectamente los fantasmas nocturnos del Presidente venezolano.
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