Entre las tantas cosas que quería decir después
de años de mudez, tal vez destacara El Universal,
como pocos diarios, lo fundamental de las expresiones de Ingrid
Betancourt cuando fue liberada de la narcoguerrilla: "Regresé
de la prehistoria". De seguidas se comentará la afirmación,
debido a que no sólo resume la peripecia particular de
la ciudadana injustamente secuestrada. Incumbe al calvario
particular de la señora Betancourt, desde luego, pero
también a la experiencia de sociedades a las cuales se
pretende imponer la obligación de desandar el camino
para buscar una salvación que depende de procesos escandalosamente
fracasados antes, de ideas sepultadas por la fuerza irresistible
del tiempo, de sucesos que parecían arrinconados en el
más insondable de los desvanes, de personajes dignos
del cementerio o del museo.
Las FARC son, en términos redondos, un vestigio de desarrollos
anacrónicos. Basta un conocimiento superficial sobre
la evolución de las instituciones colombianas, sobre
el énfasis de su industrialización, sobre sus avances
en materia de cohabitación ciudadana, sobre la esplendidez
de su literatura, sus bellas artes y sus ciencias sociales
en general, para sentir cómo no existe la alternativa
de establecer una correspondencia razonable con las facciones
que se han nutrido de un credo político que nadie en
sano juicio mira con respeto en la actualidad, y de un ejercicio
de forajidos propio de unos antecedentes rurales que apenas
se descubren en bibliografías. Basta una breve memoria
de Manuel Marulanda para captar esa supervivencia brutal.
La esfinge anodina de Tiro Fijo, mientras vivía y desde
cuando es cadáver, no simboliza otra cosa que la existencia
de una petrificación establecida en el rincón de
la autopista, de una carreta de bueyes deseosa de competir
con la velocidad de los automóviles, de una abdicación
de conductas orientadas a la evolución, de una fantasmagoría
empeñada en cobrar vida pese a que la pujanza de una
sociedad se resistió a aceptarlo como protagonista porque
carecía de credenciales para figurar en un elenco estelar.
¿No remiten a esas impúdicas presencias del pasado
las palabras de Ingrid Betancourt? ¿No llaman la atención
sobre los escombros de ideas, de personajes y de formas de
malvivir que la acompañaron en las montañas de Colombia,
mientras la inmensa mayoría de sus paisanos se acoplaba
a las rutinas del siglo XXI?
Por desdicha, el pasado que no pasa no fundó un monopolio
exclusivo en Colombia. De allí la trascendencia de las
palabras de Ingrid Betancourt, por plausible extensión.
Los sucesos y los sujetos pretéritos que se niegan a
meterse en el cementerio también habitan entre nosotros,
aunque no sepamos con exactitud dónde está su sepultura.
Encontrarla es casi como seguir las señas enrevesadas
del mapa de un tesoro. Ni tales hombres ni sus obras se encuentran
depositados físicamente en el féretro, ni aparecen
en las crónicas como seres convertidos en ceniza. Son
el pasado disfrazado de presente o, mucho peor, el pasado
vuelto mensajero de épocas que no han ocurrido, lo cual
les concede una presencia gracias a la que se confunden con
la sensibilidad de la actualidad o, para colmo de males, se
convierten en sus líderes. Aquellos que consideran a
Venezuela como el paraíso de la cirugía plástica
pueden regocijarse en el hallazgo de ancianos sin arrugas
y de señoronas con el pecho levantado, si entienden cómo
no se trata ahora de un asunto de estiramiento de pellejos
ni de implantes de siliconas, sino de ideas decrépitas
maquilladas de novedad, de conductas del siglo XIX pavoneándose
de modernidad; de un Mesías como los de antes, baldío
y hueco, tan engañifa como muchos de los anteriores,
pero sentado en una poltrona de petróleo gracias a la
cual parece de hoy aunque provenga de la tradición menos
auspiciosa.
De lo cual se desprende que todavía vuelan aquí
las brujas de la antigüedad, pese a que generalmente
no se aprecian a simple vista montadas sobre escobas de palo
o sobre artefactos aerodinámicos, según sea su necesidad
de sobrevivencia. Su desaparición depende de golpes contundentes
como el que logró la libertad de Ingrid Betancourt. Muchos
golpes contundentes, debido a que el pasado contumaz cada
día libra batallas campales para disimular su incongruencia.
La pregunta de rigor consiste en averiguar si somos capaces
los venezolanos de triunfar contra nuestra prehistoria, cuando
se encuentra cómodamente instalada en el Palacio de Miraflores.
O, mucho peor, en las entrañas de una colectividad que
por muchas razones exhibe las características de un parque
jurásico.
eliaspinoitu@hotmail.com