La relación entre Hugo Chávez y el líder
de los sembradores de coca del Chapare, Evo Morales, ha sido
tan estrecha, tan cercana y tan efusiva a lo largo de los
últimos años, que mientras el presidente venezolano
llegó a afirmar, a finales de 2004, que Morales era "el
líder más importante" de Bolivia y se perfilaba
como presidente de su país, el indio quechua no ha escatimado
oportunidad para expresar su admiración por quien
funge como su mentor político, definiéndose como
militante bolivariano deseoso de "liberar los pueblos latinoamericanos"
de la férula imperialista.
La afinidad ideológica y la identidad de propósitos
políticos, cimentadas durante los últimos años
y compartidas con Fidel Castro y líderes de la izquierda
ex guerrillera del continente, como el salvadoreño Shafik
Nadal, resultan tan evidentes que nadie puede negarlas.
Entonces, ¿cómo puede el canciller Rodríguez
Araque rechazar "indignadamente" las acusaciones del jefe
de la diplomacia estadounidense para América Latina,
Roger Noriega, quien ha responsabilizado a Chávez por
el papel jugado en la crisis política boliviana?
Pues con mucha dificultad porque las protestas del intervencionismo
chavista en los asuntos internos de "la hija predilecta del
Libertador" se remontan a los tiempos de la presidencia de
Gonzalo Sánchez de Lozada, quien denunció que Chávez
estaba detrás de los disturbios que culminaron con sus
salida del poder. Pero desde entonces las acusaciones han
fluido sin cesar, una de ellas de parte del también ex
presidente Jorge Quiroga, quien en diciembre del año
pasado escribió una carta a Chávez , luego
de que éste ungiera como próximo presidente de Bolivia
a Morales, advirtiéndole que "el futuro político
de mi país sólo nos compete a los bolivianos" y
acotándole que "la relación entre países y
sus gobiernos no pueden verse contaminadas por expresiones
y acciones que rayan en la intromisión".
Luego hubo imputaciones como la de Otto Reich, ex subsecretario
de Estado Norteamericano, quien en un reciente artículo
de prensa señalaba que un agregado militar de la embajada
venezolana en La Paz fue sorprendido por las autoridades de
ese país con una maletín lleno de dinero destinado
a las actividades subversivas del MAS. También se especuló
sobre el papel que habría jugado el venezolano
Miguel Quintero, quien trabajó con José Vicente
Rangel en la cancillería, como enlace y proveedor de
fondos para los grupos indigenistas de Ecuador y Bolivia.
Pero más allá de las denuncias, un hecho cierto
es que el guión seguido por Evo Morales se asemeja, en
el método y los objetivos, a la estrategia para la toma
y el ejercicio del poder por parte de su mentor venezolano.
Morales, sobre una base política y social sustentada
en campesinos, mineros y habitantes de las zonas
más pobres de las ciudades del altiplano, ha persistido
en una sistemática acción subversiva y desestabilizadora
que logró derrocar dos presidentes bajo las banderas
de la soberanía nacional, la reivindicación de la
población indígena, la nacionalización de los
hidrocarburos, la salida al mar, el antiimperialismo, la antiglobalización
y el antineoliberalismo.
Luego de consumarse la salida de Sánchez de Lozada,
dieron al traste con los intentos de su sucesor, Carlos
Mesa, por pacificar el país, controlar las intentonas
separatistas y llevarlo hasta las elecciones.
Su última tentativa fue la de suscribir lo que era una
de las propuestas fundamentales de Morales, la elección
de una Asamblea Nacional Constituyente, que finalmente naufragó
porque ese debe ser el próximo paso en la estrategia
de Morales en su avance hacia la Presidencia, en un accionar
político con no pocas características similares
al de Chávez. Sólo que las expectativas creadas,
el estado de caos, la amenaza de la guerra civil y el altísimo
nivel de rechazo que tiene Morales (59%) le harán muy
dificultoso la última etapa de su camino hacia la Presidencia
y ahora le tocará probar un poco del mismo y amargo chocolate
que le administró a Mesa y Sánchez.