CARACAS, lunes 04 de abril, 2005 | Actualizado hace
Eliana Loza Schiano
Especial para El Universal
Roma.- Por última vez, el Papa Juan
Pablo II estuvo presente en la Plaza San Pedro, su cuerpo
fue presentado por instantes a la multitud antes de ingresar
al interior de la Basílica, donde permanecerá en
capilla ardiente hasta el viernes, generando un largo aplauso
entre las incontenibles lágrimas de decenas de miles
de fieles.
"Es una sensación muy dolorosa, acostumbrado a verlo
toda la vida allí mismo celebrando las misas importantes,
haciendo discursos históricos "urbi et orbi", tantas
veces bromeando y verlo ahora muerto, simplemente no lo puedo
creer", dijo sollozando Francesco, un muchacho romano que
estuvo horas esperando para dar su saludo al Santo Padre.
A su lado, otro joven con los ojos enrojecidos agregó:
"es como si se muriera una parte de nosotros, un pariente
o un amigo, no lo olvidaremos jamás". Son dos de los
muchísimos jóvenes que nacieron durante el papado
de Karol Wojtyla y que no conocieron a ningún otro Papa.
Una gigantesca multitud comenzó a tomar puestos hasta
donde era permitido llegar en la Plaza desde la mañana
y poco a poco fue creciendo continuamente llegando a formar
un ancho rio humano que llena toda la Vía della Conciliazione
y pasa en mucho al Castel Sant'Angelo, aproximadamente un
kilómetro que nunca se reduce porque siguen agregándose
personas en la misma medida en que se van yendo los que ya
pudieron entrar a la Basílica.
"Una multitud oceánica", la definió una reportera
de la televisión italiana. "Un mar de tristeza", opinó
un francés, entre los centenares de periodistas de todas
partes del mundo, que se agregan al caos humano con la desventaja
que tienen muchos días en la zona, armados de micrófonos,
cámaras y grabadores trabajando sin cesar para informar
a todo el planeta este acontecimiento sin precedentes.
Los fieles están dispuestos a sacrificios con tal de
saludar al Papa, tuvieron que soportar un sol brillante durante
el día y se preparan para el frio de la noche. Llegan
de todas partes de Italia y de los países vecinos, como
Suiza y Francia, en tren, con morrales y sacos de dormir,
dispuestos a pasar la noche. Durante la tarde se produjeron
varios desmayos inmediatamente tratados por el personal de
Protección Civil, que vigila que a la gente no le falta
agua durante la larga espera.
El primer grupo al que se le permitió entrar en la Basílica
de San Pedro fue uno de polacos, con banderas listadas de
negro, detrás de ellos gente de todas las nacionalidades,
razas y edades, familias enteras, algunos con fotos del Papa,
otros con rosarios, todos tristes pero ansiosos de llegar
frente al altar mayor, aún a sabiendas de que no se pueden
detener, deben seguir su marcha alcanzando ver de lejos y
por muy breve tiempo el cuerpo sin vida del amado Pontífice.
Entre la aglomeración, una bandera venezolana, muy difícil
de llegar hasta ellos, es demasiada la gente contenida por
unas barreras de metal, pero finalmente una señora se
acerca. "Sí, soy ítalo-venezolana y para mí
es como si hubiese perdido a mi padre por segunda vez, además,
mi hija nació en los días en que Juan Pablo II fue
nombrado el nuevo Papa, y por eso tiene un signiificado muy
especial para nosotros", dijo.
"Yo soy creyente , pero no muy practicante, pero este Papa
ha contagiado a todo el mundo con su fe", dijo Luisa, una
joven de Milán que vivió en Caracas.
Personas mayores no parecen preocuparse por el hecho de que
deberán pasar varias horas de pie. "Es lo menos que podemos
hacer por él, rezar y rendirle homenaje, él que
ha hecho tanto por nosotros y que ha sufrido tanto físicamente...
Esto no es nada!", aseguró una señora Anna Maria,
de Nápoles.
En el centro de la ciudad, muy acostumbrada a las grandes
afluencias de visitantes, la vida se complica cada día
más, los que pueden no van al centro para evitar el tráfico
y esperan no salir de sus casas el viernes, día de los
funerales oficiales, cuando se darán cita en Roma más
de un centenar de dignatarios y la circulación será
imposible. Para ese día la Alcaldía de Roma decretó
la suspensión de todas las clases como una de las tantas
medidas para aliviar el volumen de vehículos y de personas
circulando, mientras los sindicatos de transporte decidieron
postergar una huelga.
La ciudad está llena de posters con fotos del Papa,
a las banderas a media asta se agregan las banderitas listadas
de negro que llevan todos los autobuses, tranvias y taxis.
Diariamente, llegan desde todos los puntos del país 36
trenes extraordinarios para transportar a los peregrinos y
se están preparando tiendas de campaña en las afueras
de la ciudad para los jóvenes que no pueden pagar un
alojamiento en la costosa Roma turística. En realidad,
esta capital ya se había entrenado con la organización
del Jubileo del 2000, pero en esta ocasión se debe lidiar
con las extremas medidas de seguridad. Más de 15.000
funcionarios de Policía del Estado, Policía Municipal,
Carabineros y Guardia de Finanza tendrán que velar por
el orden en la ciudad y por hacer llegar sin problemas a los
dignatarios de todo el mundo desde los aeropuertos hasta el
Vaticano, porque dentro de la Basílica de San Pedro está
absolutamente prohibido la acción de escoltas propias,
allí sólo se puede mover la seguridad vaticana.
Una verdadera emergencia para la Alcaldía de Roma, "
sobre todo porque tenemos que organizar un evento mayor que
el Jubileo del 2000 en 48 horas sin saber realmente cuántas
personas vendrán ", dijo el alcalde Walter Veltroni.
La prensa especula que la multitud pasará fácilmente
el millón de personas, entre romanos y gente proveniente
de otras ciudades italianas y de otros países, la cifra
es creíble si se toma en cuenta que no estarán todos
juntos en el mismo lugar y al mismo tiempo, sino que circularán
constantemente y, una vez saludado el Pontifice, se irán.
Las radioemisoras transmiten boletines para ayudar a los
visitantes y recomiendan, sobre todo, tener mucha paciencia.
Y precisamente paciencia es lo que están demostrando
tener las decenas de miles de personas que pasarán la
noche en la calle para poder darle un último, breve,
pero merecido homenaje a Juan Pablo II, "el Grande", como
se ha propuesto llamarlo.
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