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CRÓNICA//Lunes 04 de abril

Duelo callejero en la Ciudad Eterna

Eliana Loza Schiano
Especial para El Universal

Roma.- Por última vez, el Papa Juan Pablo II estuvo presente en la Plaza San Pedro, su cuerpo fue presentado por instantes a la multitud antes de ingresar al interior de la Basílica, donde permanecerá en capilla ardiente hasta el viernes, generando un largo aplauso entre las incontenibles lágrimas de decenas de miles de fieles.
 
"Es una sensación muy dolorosa, acostumbrado a verlo toda la vida allí mismo celebrando las misas importantes, haciendo discursos históricos "urbi et orbi", tantas veces bromeando y verlo ahora muerto, simplemente no lo puedo creer", dijo sollozando Francesco, un muchacho romano que estuvo horas esperando para dar su saludo al Santo Padre. A su lado, otro joven con los ojos enrojecidos agregó: "es como si se muriera una parte de nosotros, un pariente o un amigo, no lo olvidaremos jamás". Son dos de los muchísimos jóvenes que nacieron durante el papado de Karol Wojtyla y que no conocieron a ningún otro Papa.
 
Una gigantesca multitud comenzó a tomar puestos hasta donde era permitido llegar en la Plaza desde la mañana y poco a poco fue creciendo continuamente llegando a formar un ancho rio humano que llena toda la Vía della Conciliazione y pasa en mucho al Castel Sant'Angelo, aproximadamente un kilómetro que nunca se reduce porque siguen agregándose personas en la misma medida en que se van yendo los que ya pudieron entrar a la Basílica.
 
"Una multitud oceánica", la definió una reportera de la televisión italiana. "Un mar de tristeza", opinó un francés, entre los centenares de periodistas de todas partes del mundo, que se agregan al caos humano con la desventaja que tienen muchos días en la zona, armados de micrófonos, cámaras y grabadores trabajando sin cesar para informar a todo el planeta este acontecimiento sin precedentes.
 
Los fieles están dispuestos a sacrificios con tal de saludar al Papa, tuvieron que soportar un sol brillante durante el día y se preparan para el frio de la noche. Llegan de todas partes de Italia y de los países vecinos, como Suiza y Francia, en tren, con morrales y sacos de dormir, dispuestos a pasar la noche. Durante la tarde se produjeron varios desmayos inmediatamente tratados por el personal de Protección Civil, que vigila que a la gente no le falta agua durante la larga espera.
 
El primer grupo al que se le permitió entrar en la Basílica de San Pedro fue uno de polacos, con banderas listadas de negro, detrás de ellos gente de todas las nacionalidades, razas y edades, familias enteras, algunos con fotos del Papa, otros con rosarios, todos tristes pero ansiosos de llegar frente al altar mayor, aún a sabiendas de que no se pueden detener, deben seguir su marcha alcanzando ver de lejos y por muy breve tiempo el cuerpo sin vida del amado Pontífice.
 
Entre la aglomeración, una bandera venezolana, muy difícil de llegar hasta ellos, es demasiada la gente contenida por unas barreras de metal, pero finalmente una señora se acerca. "Sí, soy ítalo-venezolana y para mí es como si hubiese perdido a mi padre por segunda vez, además, mi hija nació en los días en que Juan Pablo II fue nombrado el nuevo Papa, y por eso tiene un signiificado muy especial para nosotros", dijo.
 
"Yo soy creyente , pero no muy practicante, pero este Papa ha contagiado a todo el mundo con su fe", dijo Luisa, una joven de Milán que vivió en Caracas.
 
Personas mayores no parecen preocuparse por el hecho de que deberán pasar varias horas de pie. "Es lo menos que podemos hacer por él, rezar y rendirle homenaje, él que ha hecho tanto por nosotros y que ha sufrido tanto físicamente... Esto no es nada!", aseguró una señora Anna Maria, de Nápoles.
 
En el centro de la ciudad, muy acostumbrada a las grandes afluencias de visitantes, la vida se complica cada día más, los que pueden no van al centro para evitar el tráfico y esperan no salir de sus casas el viernes, día de los funerales oficiales, cuando se darán cita en Roma más de un centenar de dignatarios y la circulación será imposible. Para ese día la Alcaldía de Roma decretó la suspensión de todas las clases como una de las tantas medidas para aliviar el volumen de vehículos y de personas circulando, mientras los sindicatos de transporte decidieron postergar una huelga.
 
La ciudad está llena de posters con fotos del Papa, a las banderas a media asta se agregan las banderitas listadas de negro que llevan todos los autobuses, tranvias y taxis. Diariamente, llegan desde todos los puntos del país 36 trenes extraordinarios para transportar a los peregrinos y se están preparando tiendas de campaña en las afueras de la ciudad para los jóvenes que no pueden pagar un alojamiento en la costosa Roma turística. En realidad, esta capital ya se había entrenado con la organización del Jubileo del 2000, pero en esta ocasión se debe lidiar con las extremas medidas de seguridad. Más de 15.000 funcionarios de Policía del Estado, Policía Municipal, Carabineros y Guardia de Finanza tendrán que velar por el orden en la ciudad y por hacer llegar sin problemas a los dignatarios de todo el mundo desde los aeropuertos hasta el Vaticano, porque dentro de la Basílica de San Pedro está absolutamente prohibido la acción de escoltas propias, allí sólo se puede mover la seguridad vaticana.
 
Una verdadera emergencia para la Alcaldía de Roma, " sobre todo porque tenemos que organizar un evento mayor que el Jubileo del 2000 en 48 horas sin saber realmente cuántas personas vendrán ", dijo el alcalde Walter Veltroni. La prensa especula que la multitud pasará fácilmente el millón de personas, entre romanos y gente proveniente de otras ciudades italianas y de otros países, la cifra es creíble si se toma en cuenta que no estarán todos juntos en el mismo lugar y al mismo tiempo, sino que circularán constantemente y, una vez saludado el Pontifice, se irán.
 
Las radioemisoras transmiten boletines para ayudar a los visitantes y recomiendan, sobre todo, tener mucha paciencia. Y precisamente paciencia es lo que están demostrando tener las decenas de miles de personas que pasarán la noche en la calle para poder darle un último, breve, pero merecido homenaje a Juan Pablo II, "el Grande", como se ha propuesto llamarlo.


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