CARACAS, lunes 04 de abril, 2005 | Actualizado hace
MARIANGELA LANDO BIORD
EL UNIVERSAL
Carisma y fe caracterizaron el largo y tortuoso papado de
Karol Wojtyla, un pontificado a lo largo del cual llevó
la Palabra de Dios a todos los rincones del planeta, derrumbó
gigantes que se creían invencibles y demostró que
la voluntad es más poderosa que el sufrimiento.
Al ocupar el Trono de san Pedro con el nombre de Juan Pablo
II, el 18 de octubre de 1978, el cardenal arzobispo de Cracovia
llevó al Vaticano un equipaje de vivencias que puede
resumirse en seis preceptos básicos: Fe a prueba de todo,
devoción mariana, respeto por la vida, fortaleza espiritual,
lucha contra el comunismo y combate al capitalismo.
Dedicación mariana
Su devoción por la Virgen fue una constante. Para muchos,
cambió a su madre -muerta cuando era un niño-, por
María, depositando en el culto mariano el amor por su
familia perdida.
Se quedó solo antes de cumplir los 21 años, lo
que marcó el resto de su existencia de forma indeleble,
y lo ayudó en su decisión de dedicar su vida a Dios.
Atribuyó a un milagro su recuperación tras el atentado
sufrido el 13 de mayo de 1981.
Ofreció a la Virgen de Fátima su sotana ensangrentada,
y la bala que le extrajeron está depositada en su corona.
Desde ese momento, exaltó la figura de la Madre de Dios
y visitó mayor número de templos marianos que todos
sus antecesores juntos.
Papa matagigantes
Primero la invasión nazi a Polonia y luego la dominación
soviética lo volvieron un luchador incansable contra
la opresión y todo régimen que significara la negación
de libertades y derechos.
Sus estudios de seminario los hizo a escondidas del régimen
nacionalsocialista.
Cuando pronunció sus votos sacerdotales, en 1946, lo
hizo en un país en el que la potencia dominante negaba
la existencia de Dios y perseguía a los creyentes por
el delito de serlo.
Las penurias que sufrió como sacerdote, obispo, arzobispo
y cardenal, bajo el yugo soviético, inspiraron su lucha
contra el comunismo ateo.
Cuando en 1989 recibió a Mijaíl Gorbachov, poco
sospechaba el líder soviético que ese carismático
sacerdote, entre bastidores, cavaba la tumba del régimen
instaurado en 1917.
Con oraciones y mensajes a favor de la unidad, el amor, la
tolerancia y la igualdad, Juan Pablo II fue lentamente desgastando
las bases de opresión y terror en las que se sustentaba
el sistema soviético.
Comenzó en Polonia, apoyando desde las sombras al sindicato
Solidaridad de Lech Walesa.
Tardó más de 10 años en lograr que se derrumbara,
pero lo consiguió. Mató al gigante.
Cuando cayeron el Muro de Berlín y la Cortina de Hierro,
entre 1989 y 1991, demostró que la fe puede más
que la política.
Defensa al desposeído
Su combate al comunismo no significa en modo alguno que Juan
Pablo II defendiese al capitalismo. Por el contrario, criticó
tanto a uno como a otro.
Exaltando los valores morales, la fe, la esperanza, la caridad,
el amor y la tolerancia, llamó a los creyentes del mundo
a luchar contra el mercantilismo y valorar la vida por sobre
todo.
Clamó por ayuda para los países más pobres,
exigió la defensa de niños y madres, y se opuso
al divorcio, al aborto y a los anticonceptivos.
El sufrimiento físico y la fortaleza espiritual fueron
otros baluartes de Juan Pablo II.
Las enfermedades, incluidos el mal de Parkinson, las fracturas
y las secuelas del atentado, convirtieron al atlético
Papa de los primeros años en un anciano que apenas podía
desplazarse o inclinarse a besar la tierra que pisaba. Sin
embargo, su espíritu pudo más que el dolor, e hizo
del sufrimiento un ejemplo de sacrificio.
Su sola presencia abarrotaba estadios como lo haría
una estrella de rock, y su carisma atrajo multitudes como
ningún otro jerarca católico.
Hablan los críticos
No todo fue color de rosa en el papado de Wojtyla. Detractores
como el reverendo Richard McBrien, lo consideraron "ni bueno
ni malo".
¿El motivo? No se adaptó a los tiempos modernos
en temas como los métodos anticonceptivos, el aborto,
la homosexualidad o el divorcio, se negó a dar más
peso a las mujeres en la Iglesia y rechazó movimientos
renovadores como la Teología de la Liberación.
Lo que sí le reconocen es que acercó a las religiones,
habló a todos los que quisieron escucharlo y se convirtió
en toda una superestrella.
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