Madrid. Los ataques de Madrid provocaron daños
físicos graves, muchos visibles en los casi dos mil heridos,
pero también dejaron un montón de secuelas que no
se ven: depresión y pánico, que en los inmigrantes
se suman al dolor de afrontar la tragedia en soli tario.
Los inmigrantes fueron "doblemente víctimas", asegura
la psicóloga Mónica Pereira, que integró el
equipo de emergencia creado tras el 11 de marzo, señaló
AFP.
"Muchos no tenían a nadie aquí y por miedo, pues
no tenían papeles, no se sentían capaces de acudir
a la sociedad para pedir ayuda", puntualiza.
Aquel día, Teresa Cisneros, ecuatoriana de 38 años,
perdió en Atocha a su hermano Osvaldo, de 32, obrero
de la construcción. Aunque recibió una indemnización
y un permiso de residencia y trabajo por un año,
es un alma en pena con la mirada perdida.
"No he conocido psicólogo, ni médico, ni
nada. Yo solita he salido adelante", dice Teresa, que
debió reconocer el cadáver de su hermano.
Su cuerpo estaba "completamente destrozado", apunta
su hermano Luis, preocupado porque la mujer que vivía
con Osvaldo, recibió importantes ayudas monetarias
que no compartió con la familia del difunto, sepultado
en Ecuador.
Jesús Ramírez Castañeda, de 50 años,
iba en el tren que estalló en la estación
de El Pozo. "Es un drama, pero mejor no decir... Es
un período en mi vida perdido dolorosamente",
asegura Jesús, lesionado en el neumotórax,
las piernas y un omóplato.
Como vicepresidente de la Asociación 11M Afectados
del Terrorismo, Jesús puede afirmar que "lamentablemente,
hay personas que siguen viviendo día a día
el horror" y que los inmigrantes fueron quienes
más problemas burocráticos tuvieron: "Unos
por miedo, otros porque no podían demostrar
que estaban en los trenes".
Los colombianos Gloria Stella Jiménez, de
30 años, y John Jairo Orozco, de 32, también
resultaron heridos.
"En mi vida cambió todo", asegura Gloria,
empleada de limpieza, que está a punto
de obtener un diploma de informática. "Me
dejó muy marcada no haber podido ayudar
a ese niño y a una señora que todos
pisoteamos tras salir desesperados de uno de
los trenes", dice mientras sus ojos se llenan
de lágrimas.
A diferencia de Teresa, Gloria está
en tratamiento psicológico, pero tardó
dos meses en volver a subirse a un tren.
"Las terapias me han ayudado mucho para
entender que no debía sentirme culpable",
dice esta bogotana a quien rechazaron el
pedido de regularización "por falta
de pruebas".
Sin embargo confía en obtener sus
papeles en el actual proceso de regularización
para traerse a sus hijos porque, pese
a lo ocurrido, "aquí hay más
oportunidades".
En cambio John Jairo, que vino de Medellín
hace cinco años, está "indignado"
porque a raíz de la explosión
que lo alcanzó en Atocha sufrió
trauma ocular y auditivo izquierdo y
perdió visión.
"Nos prometieron ayuda y papeles
y no nos han dado nada", se queja
John Jairo, que era cortador de ladrillos
pero pasó a peón porque
no puede fijar la vista, lo que supone
menos salario.