CARACAS, miércoles 09 de marzo, 2005 | Actualizado hace
Cientos de personas, algunas medio adormiladas, otras leyendo
el periódico o simplemente escuchando la radio, viajaban
el 11 de marzo de 2004 a primera hora en cuatro trenes suburbanos
camino de Madrid ajenas al vuelco que iba a dar su vida en
minutos.
El hilo musical de los vagones todavía sonaba cuando
a las 7:37 a.m. se desataba el infierno al estallar las tres
primeras bombas en un tren que ya se encontraba parado en
los andenes de la madrileña estación de Atocha.
Entre la confusión y los gritos, una de las personas
que tratan de escapar de los andenes de la estación hace
una llamada telefónica que queda grabada en un contestador:
"Montse, estoy en Atocha. Ha habido una bomba en el tren y
hemos tenido...". Resuena otra explosión, un pitido y
la comunicación se corta.
En medio de la conmoción y a apenas un kilómetro
de allí, otro tren que se dirigía hacia Atocha era
sacudido por cuatro explosiones, a la altura de la calle Téllez.
Tres minutos más tarde, dos artefactos destruían
un tren que estaba haciendo parada en la estación de
El Pozo, y un minuto después, un cuarto tren detenido
en la estación de Santa Eugenia era blanco del estallido
de otro artefacto cargado con unos 20 kilos de dinamita.
Son las 7:42 a.m., una hora punta en Madrid cuando la mayoría
de los ciudadanos se dirigen a su trabajo. La angustia, los
nervios y las sirenas invaden la capital. Cientos de ambulancias,
policías, bomberos y transeúntes intentan auxiliar
a las víctimas, temerosas de que pueda haber otra bomba
a punto de explotar.
"Hemos salido corriendo y al subir las escaleras, del cielo
caían trozos de metal, y al mirar para atrás del
vagón salía un humo negro, y luego había un
chico tumbado en las vías, muerto. Hasta que han llegado
las ambulancias salía gente con los oídos llenos
de sangre, que no oía, con la ropa desgarrada", relataba
una testigo a una radio española.
Los hospitales de Madrid son puestos en estado de alerta,
mientras la policía localiza otras dos bombas que detona
de forma controlada.
"Nos llamaron a todos a Atocha", afirmaba un policía,
que recuerda la emoción de aquellos momentos: "Ví
a auténticos armarios, policías duros que habían
estado ya antes en otros atentados derrumbarse y llorar" después
de acudir a los trenes destrozados, de donde asomaban cadáveres
que al día siguiente estarían en todas las portadas.
Con 191 muertos contabilizados y 1.900 heridos, el enorme
recinto ferial Juan Carlos I en el noroeste de Madrid era
convertido en una morgue hacia donde eran llevados los cuerpos
para su identificación, y también los familiares
para que identificaran a sus allegados. Fue también depósito
de pertenencias de las víctimas para que los familiares
las reclamaran.
Entre esos artículos había una mochila con una
última bomba que fue descubierta a última hora del
11 de marzo. Tras ser desactivada, el teléfono móvil
que debía servir de temporizador y detonador daría
la primera gran pista que llevó a la policía hasta
los presuntos autores de los ataques: un grupo de supuestos
islamistas radicales.
La policía primero pensó que había sido la
organización armada vasca ETA, una tesis que alienta
el gobierno conservador de José María Aznar, temeroso
de que una autoría islamista pudiera dar un vuelco a
las elecciones legislativas del 14 de marzo, para las que
todas las encuestas daban ganador a su Partido Popular. La
investigación empieza pronto a orientarse hacia la pista
islamista.
El descubrimiento en la tarde del mismo 11 de marzo de una
furgoneta en Alcalá de Henares, lugar de partida de los
trenes de la muerte, con restos de explosivo y una cinta de
audio con citas coránicas, condujo hacia la pista islamista
que finalmente sería la definitiva y que también
significaría la derrota electoral del PP y la vuelta
al poder de los socialistas.
Fuente Agencia AFP
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